Si alguien me hubiera preguntado durante el embarazo qué objetos se volverían indispensables en mi vida como mamá, probablemente habría mencionado pañales, biberones, baberos o alguna de las muchas cosas que terminan acumulándose en una casa cuando llega un bebé.
Lo que nunca habría mencionado era una botella de agua.
Y sin embargo, durante los primeros meses de lactancia, terminó convirtiéndose en una de las cosas que más buscaba a lo largo del día.
No fue algo que ocurriera de un momento a otro. De hecho, al principio ni siquiera me di cuenta. Simplemente empecé a notar que cada vez que me sentaba a alimentar a mi bebé, aparecía la misma sensación. Una sed intensa que parecía llegar sin previo aviso. Había ocasiones en las que apenas comenzaba una toma y ya estaba mirando alrededor preguntándome dónde había dejado el vaso de agua.
Recuerdo especialmente una madrugada. Mi bebé se había despertado para comer y yo me acomodé en la cama intentando no despertarme por completo. Todo parecía estar bajo control hasta que apareció esa sensación familiar. Sed. Muchísima sed. Miré hacia el buró y descubrí que había olvidado dejar agua cerca. Durante unos minutos intenté ignorarla, convencida de que podía esperar hasta terminar la toma.
No pude.
Terminé levantándome mientras sostenía a un bebé medio dormido y pensando que era increíble que algo tan simple pudiera parecer tan importante a las tres de la mañana.
Con el paso de las semanas empecé a desarrollar una rutina que jamás había tenido antes. Dejé una botella junto a la cama. Otra cerca del sillón donde normalmente alimentaba a mi bebé. Incluso llegué a tener una en el escritorio cuando regresé al trabajo. Sin darme cuenta, había empezado a organizar mis días alrededor de algo que antes apenas ocupaba espacio en mis pensamientos.
Lo curioso es que, cuando empecé a hablar de ello con otras mamás, descubrí que muchas hacían exactamente lo mismo.
Todas parecíamos tener una botella favorita.
Todas teníamos una historia sobre quedarnos sin agua en el peor momento posible.
Y todas parecíamos reírnos cuando alguien mencionaba el tema porque, de alguna manera, nos resultaba sorprendentemente familiar.
Pero con el tiempo entendí que la verdadera historia no era la botella.
La verdadera historia era todo lo que representaba.
Porque durante la maternidad hay una tendencia muy extraña a colocarnos al final de la lista. Nos preocupamos por las tomas, por los horarios, por el sueño del bebé, por la ropa, por las citas médicas y por una cantidad interminable de detalles que aparecen cada día. Poco a poco nos acostumbramos a poner nuestras necesidades en pausa mientras resolvemos las de todos los demás.
Y aunque eso puede parecer normal, llega un momento en el que el cuerpo empieza a pedir atención.
A veces lo hace a través del cansancio.
A veces a través del hambre.
Y a veces lo hace recordándote, una y otra vez, que olvidaste tomar agua.
Mirando hacia atrás, creo que la hidratación fue una de las primeras cosas que me obligó a reconocer una realidad incómoda: no podía cuidar de otra persona sin cuidar también de mí.
Parece una idea sencilla cuando la lees escrita. Pero cuando te conviertes en mamá, especialmente durante los primeros meses, no siempre es tan fácil ponerla en práctica. Estamos tan acostumbradas a priorizar a nuestro bebé que muchas veces olvidamos que también seguimos siendo personas con necesidades propias.
Quizá por eso sigo recordando aquella época con tanto cariño. No porque fuera sencilla. La verdad es que hubo días agotadores. Días en los que sentía que apenas lograba terminar una cosa antes de que aparecieran tres más. Días en los que parecía imposible encontrar unos minutos para sentarme tranquilamente.
Pero también fue una etapa que me enseñó algo importante.
La maternidad no consiste únicamente en aprender a cuidar a un bebé.
También consiste en aprender a cuidarnos a nosotras mismas de una forma nueva.
A veces ese aprendizaje llega a través de conversaciones importantes.
A veces llega a través de errores.
Y a veces llega a través de algo tan simple como una botella de agua que empieza a acompañarte a todas partes.
Hoy todavía llevo agua conmigo casi todo el tiempo. Ya no porque esté preocupada por olvidarla, sino porque cada vez que veo una botella sobre mi escritorio o junto a mi cama recuerdo una lección que tardé varios meses en aprender.
Cuidarme no me convierte en una peor mamá.
De hecho, muchas veces es exactamente lo contrario.
Preguntas frecuentes
¿Es normal sentir más sed durante la lactancia?
Muchas mamás describen una sensación de mayor sed durante la lactancia y suelen incorporar hábitos que les ayudan a mantenerse hidratadas a lo largo del día.
¿Por qué la hidratación es importante durante la lactancia?
La hidratación forma parte del bienestar general de la mamá y es uno de los hábitos que muchas mujeres consideran importantes durante esta etapa.
¿Necesito llevar agua conmigo todo el tiempo?
No existe una regla universal, pero muchas mamás encuentran útil tener agua cerca durante las tomas y a lo largo de su rutina diaria.
¿Es normal olvidar mis propias necesidades cuando me convierto en mamá?
Sí. Muchas mujeres describen que durante los primeros meses concentran gran parte de su atención en el bebé. Con el tiempo, aprender a cuidar también de una misma se convierte en una parte importante de la experiencia.