Ese sentimiento que habita en una contradicción permanente: preguntarte cuándo va a terminar esta tortura china y, al mismo tiempo, suplicar que el tiempo se congele y dure para siempre.
Es mirar a la cosa más pequeña y frágil que has conocido, capaz de derretirte el corazón, y conocer también a la piraña con los dientes más filosos del planeta. Sentirte la mujer más afortunada del mundo, ganadora de la lotería porque solo quiere estar contigo, y minutos después la buleada del salón, rogando —por favor— que escoja a alguien más.
Son las noches más largas y eternas que has vivido. Volteas a ver el reloj y el segundero parece avanzar en cámara lenta, pero luego miras el calendario y te das cuenta de que tiene dos meses y que, sin darte cuenta, el tiempo ha pasado volando y pronto tendrás que regresar a trabajar.
Imploras a todos los dioses de todas las religiones para que se duerma y, una vez dormido, extrañas sus ojitos hermosos. Te aburres, lo miras, lo vigilas y esperas a que despierte.
Sueñas con que se duerma en su cuna, pero cuando por fin lo logras, extrañas el peso de su cuerpo y el calor sobre tu pecho. Quieres silencio cuando llora: deseas ser sorda, usar tapones, ponerlo en mute.
Y luego quieres subirle el volumen, ponerlo en surround, escuchar cada respiración mientras duerme, solo para asegurarte de que está ahí. De que sigue vivo.
No sé cómo le hacen las madres solteras. Mi respeto absoluto para quienes no tienen red de apoyo. Yo no sé qué sería de mí sin la mía.
Sin la fortuna de tener un esposo que soñaba con ser papá y que ejerce su paternidad con gusto. Que no quiere que yo cambie el pañal porque ese es su momento, su chamba. Que se despierta cantándole canciones inventadas, sin sentido y con muy poco ritmo, pero que hablan de lo maravilloso que es y de cómo va a conquistar el mundo.
El que se inventa trucos nuevos con tal de no regresármelo llorando ni pronunciar la frase “ya tiene hambre”. Hacer una rutina después del baño, con la crema y la pijama, con una paciencia increíble, como si fuera lo último —o lo más importante— que hará en su vida.
Verlo mirarlo como ve a un pastel de chocolate: con amor infinito, como un sueño cumplido. Darme las gracias y recordarme, una y otra vez, que soy una mamá excelente.
Antes te quería.
Hoy te necesitamos.
Antes te escogía todos los días y ahora sé que nos escogimos. Y será un placer caminar esta vida contigo, porque pase lo que pase, siempre seremos, los papás de Marcelo. Ver nuestro amor crecer, transformarse, madurar.
El milagro y la bendición de contar con mi mamá. Que le promete a mi bebé que lo ama más que yo, como si fuera posible. Dice que es verdad porque ella lo quiere por dos: por ella y por su abuelo.
De pronto se volvió la mujer más fuerte y hábil del mundo. Lo carga en posiciones imposibles con tal de que no llore y me regale unos minutos de descanso. Se desvela para que yo duerma de corrido, sin miedo ni preocupaciones. Cocina desayuno, comida, cena y snacks como si esto fuera restaurante, convencida de que así su nieto tendrá la mejor lechita.
Escucha mis “nuevas técnicas” sin cuestionar, aunque en su tiempo se hiciera distinto. Me deja hacerlo a mi manera. Espera la hora del baño y organiza su día alrededor de ella como si fuera la cita más importante a la que ha asistido, su momento de brillar.
Lo toma en brazos y le habla de su abuelo como si el bebé entendiera todo, como si le respondiera en esa conversación silenciosa.
Ver a mis hermanos convertirse en tíos. Mi hermana llamarme todos los días —cuando antes podían pasar semanas— solo para preguntar cómo amaneció su sobrino favorito. Llegar a la casa con cualquier pretexto para cargarlo. Contar con ella para cuidarlo, aun cuando siempre ha tenido la agenda más ocupada.
Mi hermano cuidándose al extremo, usando cubrebocas ante la menor sospecha de gripa, incapaz de vivir con la culpa de enfermarlo. Enviarme TikToks con técnicas para arrullarlo y secretos para cambiar pañales más rápido. Ver esas manos grandes y toscas volverse delicadas. Escucharlo hacer planes con su sobrino: trabajar juntos, irse de cacería, crecer.
Mis amigas y primas llegar con cafés, waffles, sonajas, cremas y regalos. Traer a mis sobrinos, que se pelean por cuidar a su “compadre”, el chiquito. Aparecer a la hora del baño para regalarme un respiro. Visitarme para jugar cartas o invitarme a comer y recordar cómo suenan las conversaciones de adultos.
Contestar mis preguntas porque ellas ya estuvieron aquí. Regalarnos ropa, cobijas y juguetes “usados”, que yo veo completamente nuevos. Los mensajes diarios de mis tías, suegros y cuñada pidiendo la foto del día para presumirlo porque está guapísimo, y cuando por fin lo ven, pelearse por quién será el primero en cargarlo.
Y entonces lo entiendo.
La maternidad no se trata solo del cansancio ni del miedo; es mucho más.
Es la tribu que sostiene, acompaña y abraza. Es esta red invisible que vuelve los días más ligeros y el corazón más lleno.
Por eso, cuando todo pesa, cuando las noches se alargan y el tiempo parece estirarse, vuelvo a desear lo mismo:
que se congele.
Que se quede así.
Porque aunque canse, aunque asuste, no hay nada que quiera más que este instante suspendido.
Este ahora.
Este para siempre.
Marcela Elizondo
Escrito en medio del amor, el cansancio y el sueño interrumpido.