Recuerdo perfectamente el día que una asesora de lactancia me hizo una pregunta que me dejó completamente en silencio. Habíamos estado hablando durante varios minutos. Yo le contaba mis preocupaciones, mis dudas y todas las razones por las que estaba convencida de que producía poca leche. Le hablé de las extracciones que no salían como esperaba, de las noches en las que me quedaba despierta preguntándome si mi bebé estaba comiendo suficiente y de esa sensación constante de que algo no estaba funcionando.
Ella escuchó todo con mucha paciencia. No me interrumpió ni una sola vez. Esperó a que terminara de hablar y entonces me hizo una pregunta que no esperaba.
"¿Cómo sabes que produces poca leche?"
La pregunta me tomó por sorpresa porque la verdad era que no lo sabía. Nunca nadie me había dicho que estuviera produciendo poca leche. Mi bebé seguía creciendo. Sus revisiones iban bien. Pero yo llevaba semanas sintiéndolo, y en algún momento había dejado de distinguir entre lo que sentía y lo que sabía.
Cuando me convertí en mamá descubrí algo que nadie me había advertido: la duda aparece incluso cuando todo parece estar bien. A veces llega sin avisar. Se instala en nuestra cabeza y empieza a buscar pruebas por todas partes. Una toma más larga de lo normal, un bebé que quiere pecho con más frecuencia o una extracción más pequeña de lo habitual pueden parecer evidencia de que algo está mal, cuando en realidad solo estamos viendo una parte de la historia.
Durante esa etapa me comparaba constantemente. Veía fotografías de congeladores llenos de bolsas de leche y me preguntaba por qué mi experiencia no se parecía a esa. Escuchaba historias de mamás que parecían tener una producción infinita y me preguntaba qué estaba haciendo diferente. Sin darme cuenta, empecé a creer que existía una manera correcta de lactar y que yo no estaba a la altura.
Con el tiempo entendí que la comparación tiene una forma muy cruel de distorsionar nuestra realidad. Porque mientras observamos todos los detalles de nuestra propia historia, solo vemos fragmentos de la historia de las demás. No vemos sus dudas, sus miedos ni las conversaciones que tuvieron consigo mismas antes de compartir una fotografía que parecía perfecta.
Lo que aquella asesora intentaba explicarme era algo mucho más simple. Antes de asumir que existía un problema, necesitábamos entender qué estaba ocurriendo realmente. Y fue entonces cuando empecé a aprender cosas que nadie me había explicado. Aprendí que la cantidad que sale en un extractor no siempre refleja lo que un bebé obtiene directamente durante una toma. Aprendí que los pechos cambian conforme la lactancia se regula y que dejar de sentirlos constantemente llenos no significa necesariamente que estén produciendo menos. Aprendí que los bebés atraviesan etapas en las que buscan más contacto y más cercanía sin que eso signifique automáticamente que se están quedando con hambre.
Quizá por eso todavía recuerdo aquella conversación. No porque resolviera todos mis miedos, sino porque me enseñó a hacerme preguntas distintas. En lugar de preguntarme constantemente qué estaba haciendo mal, empecé a preguntarme qué información me faltaba. En lugar de asumir que mi cuerpo estaba fallando, empecé a observar lo que estaba ocurriendo con más paciencia y menos juicio.
Si hoy llegaste hasta aquí porque te preocupa tu producción de leche, quiero dejarte con la misma pregunta que aquella asesora me hizo a mí. No porque tenga todas las respuestas ni porque conozca tu situación particular, sino porque a veces la tranquilidad empieza cuando dejamos de asumir y comenzamos a observar.
¿Cómo sabes que produces poca leche?
No es una pregunta para invalidar lo que sientes. Al contrario. Lo que sientes importa y merece ser escuchado. Pero a veces la diferencia entre lo que sentimos y lo que sabemos es exactamente el lugar donde encontramos un poco de calma.