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La primera vez que lloré frente a un extractor

Nunca imaginé que iba a llorar frente a un extractor. Pensé que lloraría por el cansancio, por las hormonas o por las noches sin dormir. Pero no por eso.

Recuerdo exactamente dónde estaba. Mi bebé finalmente dormía después de una mañana particularmente difícil y yo había decidido aprovechar ese momento para extraer un poco de leche. Llevaba varios días sintiéndome agotada, pero me repetía que era normal. Que todas las mamás estaban cansadas. Que tenía que seguir adelante.

Me senté, preparé todo y esperé. Al principio no pensé demasiado en ello. Pero conforme pasaban los minutos empecé a mirar el recipiente una y otra vez. Esperaba ver una cantidad distinta. Esperaba sentirme tranquila. Esperaba encontrar alguna señal de que todo estaba bien.

Y no la encontré.

Lo que encontré fue un nudo en la garganta.

Porque en ese momento no vi mililitros. Vi mis inseguridades. Vi todos los miedos que llevaba semanas intentando ignorar. Vi la presión que me había impuesto para hacerlo todo bien y la sensación constante de que cualquier dificultad era una prueba de que estaba fallando.

Durante los días siguientes me obsesioné con el tema. Pensaba constantemente en la leche. Pensaba en las tomas. Pensaba en las extracciones. Pensaba en todo lo que estaba haciendo y en todo lo que creía que debería estar haciendo. Mirándolo ahora, me doy cuenta de que estaba buscando una respuesta en el lugar equivocado.

Porque el problema no era únicamente la extracción.

El problema era que estaba agotada.

Estaba intentando cuidar a un bebé, sostener una casa, cumplir con mis responsabilidades y demostrarme a mí misma que podía hacerlo todo sin ayuda. Esperaba que mi cuerpo respondiera perfectamente mientras yo misma estaba funcionando con las reservas más pequeñas de energía que había tenido en años.

Fue una conversación incómoda conmigo misma la que empezó a cambiar las cosas. No ocurrió de un día para otro ni vino acompañada de una solución mágica. Simplemente llegó un momento en el que tuve que reconocer que estaba siendo mucho más amable con cualquier otra persona que conmigo misma.

Si una amiga me hubiera contado exactamente lo que yo estaba viviendo, la habría escuchado con compasión. Le habría dicho que estaba haciendo lo mejor que podía. Le habría recordado que una extracción no define toda una lactancia. Sin embargo, cuando se trataba de mí, utilizaba un estándar completamente diferente.

Y ahí fue donde entendí algo que todavía intento recordar cuando aparecen las dudas.

Una extracción nunca cuenta toda la historia.

No cuenta las noches en las que te levantaste para alimentar a tu bebé.

No cuenta las veces que seguiste adelante estando agotada.

No cuenta el amor, la dedicación ni todo lo que haces cada día sin que nadie lo vea.

Cuenta una pequeña parte de una historia mucho más grande.

Por eso, cuando recuerdo aquella mañana, ya no pienso en la cantidad que vi en el recipiente. Pienso en la mamá que estaba sentada frente a él. Una mamá cansada, preocupada y tratando de hacerlo lo mejor posible. Y si tú estás leyendo esto porque alguna vez te sentiste igual, quiero que sepas algo.

No estás sola.

Y una extracción nunca contará toda tu historia.

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